Recuerdo las pláticas de sobremesa en casa de mi abuela los domingos. Los grandes platicando sobre política, béisbol y hasta de economía. Finalizaba la década de los 70"s y se hablaba de las ventajas que acarrearían para México los descubrimientos de las nuevas reservas petroleras. Todos querían invertir en Petrobonos y ser partícipes de la gran riqueza de la Nación.
México buscaba incorporarse al GATT (General Agreement for Trade and Tariffs), organismo predecesor a la Organización Mundial de Comercio. Se argumentaba que con la apertura de las fronteras, los empresarios mexicanos podrían exportar sus productos, potenciando el desarrollo del País y que ahora sí podríamos dejar atrás a nuestros hermanos pequeños del Tercer Mundo.
En enero de 1994, tras casi veinte años de vivir en un entorno de crisis recurrentes, con la entrada en vigor del TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte), la expectativa de que esta vez sí saldríamos del atolladero y podríamos entrar a formar parte de las Grandes Ligas se generalizó en México. El hecho de asociarnos con los Estados Unidos de América y con Canadá nos hizo pensar que podríamos aspirar automáticamente a los mismos niveles de bienestar y de desarrollo; pero el levantamiento zapatista, los magnicidios políticos, los "errores de diciembre" y el FOBAPROA se encargaron de demostrarnos, en medio de una nueva crisis, que faltaban muchas cosas más para equipararnos con nuestros nuevos socios.
Al acercarse el nuevo siglo surgió el liderazgo mesiánico de un empresario que nos vendió la idea de que la solución para México, con la cual podríamos despegar, estaba en sacar al PRI de Los Pinos. Lo hizo el 2 de julio de 2000, la euforia nacional se volcó en una gran fiesta y las expectativas de prosperidad para los mexicanos no se hicieron esperar. Era común escuchar comentarios como "ahora sí…", "el siglo XXI será de México" o "ya la hicimos".
Un nuevo desencanto nos hizo entender la equivocación. Aquel prometido crecimiento de la economía al 7% anual quedó sepultado en los escombros de las Torres Gemelas, tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. La recesión de la economía norteamericana impidió, según nos dijeron, que las exportaciones mexicanas tuvieran la acogida esperada en nuestro principal mercado.
Después surgió la versión de las reformas estructurales. Nos han bombardeado con argumentos de que necesitamos una reforma fiscal integral, una reforma energética (que no la privatización de Pemex y C.F.E.), una reforma laboral y hasta un nuevo "pacto político"; argumentando que la falta de estas reformas representa un poderoso freno al desarrollo del País.
Ha transcurrido una generación y seguimos esperando que la economía despunte y nos traiga el progreso como consecuencia de hechos externos o de actos de gobierno, sin darnos cuenta de que el verdadero valor de México somos los mexicanos, nuestro trabajo, nuestro ingenio y nuestro esfuerzo.
Los universitarios estamos obligados a contribuir para que se rompa el círculo vicioso, a desarrollar nuestro talento y a influir en la consciencia colectiva. Es ahí en donde se sustenta el futuro y el desarrollo de México, en los proyectos de los mexicanos, en sus historias de éxito y en su compromiso con este gran País.
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